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LA HISTORIA DE LA CARTERA: CóMO EL DINERO “APLANó” EL MONEDERO

* Nuestro blog air-fashion.com no es periódico y no es una publicación periodística (Ley 62/2001). Contenidos para crítica y reseña; marcas e imágenes pertenecen a sus respectivos titulares (uso, cuando sea necesario, limitado para cita/comentario según el art. 70 de la Ley 633/1941, con la fuente si está disponible). Para reclamaciones de derechos de autor, contáctanos: verificaremos y, si es necesario, eliminaremos el contenido.


Los recién llegados de bolsos de diseñador para mujer y hombre

M*BRC

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Braccialini

ARCADIA

CHIARUGI

Hoy vamos a hablar de un accesorio cotidiano esencial que llevan tanto mujeres como hombres: la cartera. La elegimos casi con la misma atención que unos zapatos o un bolso: siempre está cerca, pasa por nuestras manos decenas de veces al día y dice mucho del gusto de quien la lleva. Minimalista o vintage, de piel lisa o con textura, negra y sobria o de un color atrevido: la cartera vive justo en la frontera entre el estilo y la practicidad.
Y lo más interesante es que no apareció “porque sí”: su forma y su sentido están directamente ligados a la historia del dinero. Empecemos desde el principio, desde cómo el mundo pasó de las monedas a los billetes.

1. ¿Para qué sirve realmente una cartera?

La cartera no es solo un accesorio, sino la respuesta a una necesidad práctica: llevar valor contigo, un valor que ha cambiado de forma a lo largo de los siglos. Mientras el dinero fueron monedas pesadas, bastaban saquitos, bolsitas, bolsas de cinturón. Pero en cuanto entró en circulación el dinero de papel, surgió una nueva necesidad: guardar esos signos planos y fácilmente arrugables de modo que no se rompan, no se manchen y no se pierdan.

El dinero, además, no es un “objeto mágico”, sino un acuerdo social: la sociedad decide qué se considerará medio de pago, y es precisamente ese acuerdo el que da al dinero su poder de compra.

De ahí una conclusión simple: cambian los medios de pago, cambian también las formas de llevarlos.

2. Primero llegó el papel: la base tecnológica de los futuros billetes

El surgimiento del dinero de papel está estrechamente ligado a dos tecnologías: la fabricación del papel y la imprenta.

Los chinos fueron los primeros en crear formas tempranas de papel, incluido el “papel de seda” hecho a partir de capullos de gusano de seda.

Un hito clave es el año 105 d. C.: el funcionario chino Cai Lun informó al emperador sobre mejoras en la tecnología de fabricación del papel; y esa fecha suele considerarse la “oficial” del nacimiento del papel en China.

El papel se convirtió en un soporte masivo para el texto y, más tarde, también para el valor.

Y eso preparó directamente el terreno para la aparición de signos monetarios impresos.

3. China. El primer dinero de papel: cuando las monedas se volvieron demasiado pesadas

Una de las razones principales del dinero de papel fue la incomodidad de transportar metal. El dinero de papel chino temprano se llamaba “fei-qian” (“dinero volante”). Se le llamó así porque era incomparablemente más ligero que las monedas: una ristra de monedas metálicas podía pesar alrededor de 3 kg, y el comercio se volvía interregional y exigía movilidad.

En cuanto a la forma, al principio se parecía más a un cheque: un comerciante en la capital cambiaba monedas por un recibo escrito y cobraba las monedas en la provincia: práctico, más seguro y más ligero.

1 — dinero de papel de la dinastía Tang, 618–649
2 — dinero privado “jiaozi” emitido bajo la dinastía Song, 950–1127

Bajo la dinastía Song, la emisión de papel pasó a formar parte de la política estatal. En 1023 las autoridades introdujeron un monopolio estatal sobre la emisión de dinero de papel: en Sichuán se abrió una oficina de cambio que emitía “jiaozi”.

Detalle interesante: la primera emisión tenía respaldo metálico parcial: alrededor del 28%.

Es decir, el dinero de papel pasó de ser un recibo práctico a una herramienta del Estado; por lo tanto, se volvió más masivo y más familiar para la población. La masificación y la estandarización cambian inevitablemente el “entorno” del dinero: aparecen formas habituales de guardarlo, transportarlo y protegerlo del desgaste.

En la tradición china, el “monedero antes de la cartera” durante mucho tiempo no se parecía a un estuche plegable, sino a un pequeño saquito en el cinturón: práctico y, a la vez, decorativo. Se llevaba de manera que quedara “a la vista”: como hoy elegimos un bolso o un cinturón, entonces se elegían bordados, formas, borlas y colgantes. Y lo más “fashion” de esta historia es que el accesorio no nació por capricho, sino de la vida diaria: llevar contigo dinero, cartas, documentos y pequeñas cosas sin ocupar las manos.

La variante más común era el hebao (荷包): una pequeña bolsita bordada con cordones donde se guardaban monedas y otras pequeñeces importantes, porque en la ropa a menudo simplemente no había bolsillos.

Fragmento del rollo “北齐校书图” (escena de cotejo de libros): en la reproducción se ve un pequeño objeto/saquito en el cinturón del personaje. (En la investigación se vincula el rollo con la tradición de Yang Zihua; en un artículo del museo se indica que la obra se conserva en el Museum of Fine Arts de Boston.)
A la derecha — cómo podría haber sido la bolsita en la vida real.


Versión femenina del “monedero”. Qing, siglo XIX — xilografía china en color “A Lady and Her Maid” (Metropolitan Museum of Art):
en la ropa se notan colgantes y accesorios de moda a la altura de la cintura — una estética cercana a la idea de “monedero como adorno”.
A la derecha — la bolsita recreada.

Para mayor comodidad también se utilizaba el dalian (褡裢): un monedero largo y blando con dos bolsillos en los extremos (en esencia, una “bolsa de dos bolsillos”), que podía llevarse en el cinturón o cruzado al hombro.


Ilustración de un vendedor ambulante (vida urbana de Pekín / escenas cotidianas):
el dalian se entiende como un objeto que se lleva encima (cinturón/colgante).

Estas formas “adoptaron” fácilmente también el dinero de papel: las hojas podían doblarse y guardarse tan fácilmente como las monedas, solo que con más cuidado. El tamaño aproximado del primer dinero de papel era como una palma pequeña o una postal: 16 × 9 cm. Y los billetes se enrollaban o se doblaban por la mitad y se llevaban en una bolsita.

4. Europa: cómo el “papel” se convirtió en dinero y por qué hubo que doblarlo

Los chinos guardaron celosamente la tecnología: estaba prohibido sacar del país el secreto de fabricar papel. Por eso Europa usó durante mucho tiempo el costoso pergamino de piel.

Solo a través del mundo árabe el papel “se filtró” hacia Occidente: para el siglo X llegó a España por el norte de África, y la primera producción papelera europea se abrió en 1151 en España. Pero aun entonces el papel no se aceptó de inmediato: pesaban prejuicios religiosos y su difusión en la sociedad medieval fue obstaculizada por clérigos papales; parecía un material “venido del mundo pagano”.

El primer prototipo de dinero de papel en Europa aparece mucho más tarde. Al principio ni siquiera es un “billete”, sino un documento. En Génova, el Banco di San Giorgio (1407) emite dinero en papel que, en esencia, eran obligaciones bancarias: pagaderas a primera demanda, con el valor nominal escrito por el depositante, nominativas, y utilizables solo con formalización jurídica de la transacción.

El formato de ese “dinero” era el mismo que el de cualquier documento o carta. Se doblaba o se enrollaba y se guardaba junto con otros papeles.

El tamaño del “dinero” se reduce en el siglo XVII, con la aparición de bonos y notas de crédito de distintos valores.

El papel ya no es solo soporte de texto: es soporte de derecho y de valor.

Bono de la Dutch East India Company, 1622–1623


El primer dinero de papel de Europa: táleros de crédito del Banco de Estocolmo, 1666

Los primeros “táleros de crédito” (kreditivsedlar) aparecen en Suecia en 1656. Eran recibos de deuda sin interés sobre metal depositado en el banco, y en 1661 entran en circulación como el primer dinero de papel de Europa.

Las primeras “banconotas” europeas eran casi una hoja del tamaño de la mano. Una emisión conservada de 1666 mide 190 × 150 mm. Estos “billetes” se doblaban naturalmente y se guardaban en sacos, arcones o estuches de viaje.

En el siglo XVII se usaban habitualmente:
– Atados y bolsitas: los papeles se doblaban, se ataban y se guardaban en bolsitas de tela o cuero. En descripciones de prácticas del siglo XVII se mencionan explícitamente bundles and pouches como una forma común de tratar documentos entre juristas, funcionarios y familias.


Saco para papeles, 1572

Deed box / cajas y arcones para documentos: para títulos de deuda, contratos, hipotecas y similares se utilizaban cajas de madera, a menudo forradas en cuero, además de cajones y sistemas de almacenamiento.

Caja para documentos


Caja para documentos, 1542

– Estuches de viaje para papeles (si había que transportarlos): existían estuches de cuero con varias secciones, cerrados con un cordón de seda. Era exactamente el tipo de objeto donde guardar/doblar papeles para un viaje.


Estuche italiano de tres secciones, siglo XVII, cerrado con cordón de seda

– Cajas de escritura/de viaje: entre gente acomodada y en el mundo de los negocios, los documentos a menudo vivían junto con instrumentos de escritura, en cofrecillos portátiles.

Ejemplo (segunda mitad del siglo XVII): caja de escritura de viaje con superficie para escribir y compartimentos internos.

Caja para escribir, Francia, 1783

5. El primer prototipo de la cartera moderna

Y así, en 1789, Francia realiza su primera emisión de asignados (assignats) — grandes denominaciones de 200, 300 y 1000 libras. En forma vuelven a ser casi un documento: por ejemplo, un assignat de 1000 libras medía 20,3 × 14,3 cm. Pero ya era más fácil doblarlo y llevarlo en un estuche (pocket book — un estuche plegable de bolsillo).

En el siglo XVIII y principios del XIX, el pocket book no era solo un “estuche”, sino un accesorio popular para hombres y mujeres: fino, plano, “como un sobre”, con solapas: una casa ideal para el papel. Se hacía tanto de tela como de cuero.

Dentro se guardaba todo lo que hace que el día esté organizado: dinero, cartas, listas de compras.

Y se llevaba como dictaba la época: los hombres en el bolsillo; las mujeres, en el espacio íntimo de la ropa, incluidas las bolsas atadas bajo la falda.


Pocket book inglés de satén rosa-crema, 1789; con solapas-bolsillo internas, 17,5 × 38 cm.

Rijksmuseum — “portefeuille / brieventas” europeo (c. 1790–1820): un “portefeuille” plano de cartón recubierto de seda blanca y pintado; borde rematado con cordón/alambre de plata retorcido.


Variante “de cuero / de gala”: Briefcase (portefeuille / estuche para documentos), tercer cuarto del siglo XVIII


Pocket book de cuero, 1790–1800

En el fondo, este es el puente hacia la cartera moderna: mientras el dinero todavía se parece a una promesa en papel y se arruga con facilidad, la moda responde con algo simple: le da un “hogar” bonito, plano y plegable, cerca del cuerpo.

Los tamaños también “se encogen” en paralelo: los billetes se vuelven gradualmente más compactos, y con ellos se compacta su estuche.

A comienzos del siglo XIX, el pocket book sigue siendo una “libreta-estuche” para toda la vida de papel: cartas, notas, dinero. Pero ya en la época de la Regencia en el Reino Unido (Regency — 1811–1820, cuando el Príncipe de Gales Jorge gobernó como príncipe regente), el formato de bolsillo se vuelve claramente más “de cartera”: un pocket book típico es de unos 8 × 13 cm, con solapa y compartimentos internos para cartas, tarjetas de visita, recetas o billetes.

Después cambia el hábito: las cartas y las notas llevan su propia vida, y el dinero de papel la suya. Y aparece un objeto estrictamente para billetes: el billfold, una cartera plana y plegable. El término se fija en inglés en la década de 1850 (una mención temprana: 1858) como “estuche plegable de bolsillo para billetes”.


Foto: “The man with the wallet”, c. 1845


Cartera trifold de Abraham Lincoln (1865)


Bifold, Francia, 1860–1869


“Grabado” (dibujo de patente): Paper Wallet, patente 1884 (US 295,949). Un esquema de plegado muy claro: un antepasado visual directo de la cartera compacta.

Aun así, “doblar” siguió siendo necesario durante mucho tiempo: muchos billetes del siglo XIX eran grandes; por ejemplo, el famoso white fiver británico era tan grande que solo cabía en el bolsillo doblado.

6. 1914: la guerra rompe el oro y convierte al papel en el principal soporte del dinero

Tras el colapso de los imperios y la Primera Guerra Mundial, el dinero “se traslada” definitivamente al papel. El abandono de la circulación basada en el oro y la inflación de guerra convierten los billetes en algo masivo y cotidiano: hay que llevarlos a menudo, en cantidad y de forma segura, no guardarlos “solemnemente” como un tesoro.


Marco de posguerra, Alemania, 1920


3 rublos soviéticos de posguerra, 1925 (período NEP)

En los años veinte se configura un nuevo orden monetario: los monarcas derrocados (soberanos) ya no acuñan su moneda, y el banco central (o un sistema de banca central al estilo de la Reserva Federal) se convierte en la norma; la emisión de billetes como deuda con interés pasa a estar controlada y estandarizada por empresas privadas. Esto significa un emisor único, reglas unificadas y un “formato” de efectivo cada vez más homogéneo.

Es precisamente en este corredor de 1914–1930 donde se consolida la cartera premoderna: el billfold plano y plegable para billetes, pensado para los bolsillos del traje urbano. Cuando los billetes comienzan a producirse con estándares estables (en EE. UU.: reducción drástica y estandarización de tamaño en 1929), la forma de un “hogar de bolsillo para el papel” se vuelve evidente y masiva.


Cartera de viaje, 1930


Publicidad de la cartera AMITY DIRECTOR, 1937

Más tarde, cambia no el principio, sino el interior: la posguerra de los años cincuenta añadirá la “arquitectura de tarjetas”, pero la silueta básica de la cartera moderna nace precisamente aquí, en la era del triunfo del billete estandarizado y de la emisión central.

Y aun así, la cartera no se quedó como un objeto “puramente utilitario”. En cuanto la forma se consolidó, volvió a ser lo que había sido en tiempos de los pocket books y los estuches: una señal de gusto. Hoy los diseñadores la convierten en un objeto de moda en toda regla: juegan con la escala y las proporciones, la vuelven casi una joya, añaden cadenas, colgantes, cierres inusuales, monogramas llamativos y texturas que invitan a tocar.

Al final, una cartera no solo sirve para llevar dinero y documentos: cuenta la historia de quien la lleva — de estatus, carácter, amor por la artesanía o por una marca sonora. Y quizá ese sea el mejor final para toda esta historia: han cambiado los signos de pago y las tecnologías, pero el deseo de hacer hermoso el “hogar de lo valioso” nunca ha desaparecido.

Autora: Eugenia M.





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